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Reflexiones

  • Escrito por miguel

 El domingo, si, creo que fue el domingo, porque estuve recogiendo las piedras con la carretilla.FotoRaton

Había empezado a hacer una pequeña pared de piedra, a la parte de abajo del pie de la encina, que está en una ladera bastante pronunciada, con lo que el agua de lluvia pasa deprisa y se alimenta mal.

El sábado, había puesto unas piedras grandes, que había cogido del camino con la furgoneta, haciéndolas rodar por una pequeña rampa con una escalera corta. Pero quedaba muy corta para sujetar las tierras.

Y ya el domingo, fue cuando pensé que igual podía recogerlas, de más lejos del camino, si conseguía cargarlas en la carretilla, con lo que la había cargado y me había ido con ella a una ladera pronunciada a donde no podía meter la furgo.

   Hacía una mañana de sol espléndida, y ya había cargado una piedra inmensa de más de cien kilos, cuando vi esta, de alrededor de ochenta, en medio del risco.

Como siempre, -las piedras que llevan tiempo en el campo, no se sabe si siguen para adentro, hasta que tiras de ellas, y consigues moverlas-, tiré y la di la vuelta, con un tanto de esfuerzo. Me había puesto los guantes por si había alguien debajo que pudiera morder, tipo víbora o alacrán.

Miré al espacio descubierto que había sido el lugar de apoyo de la piedra, y estaba lleno de líneas, como pasillos, y en uno de ellos un precioso ratón gris, con sus ojitos negros tan brillantes.

No le hice más caso, tendría que buscarse otro lugar donde vivir.

Acerqué el borde de la carretilla, a la base de la piedra, miré, y ya se había ido el ratón, cogí la piedra con la mano enguantada por el otro borde y tiré de ella hasta poner derecha la carretilla.

  Un poco de coger aliento, y evitando piedras y subiendo la cuesta zigzagueando, la piedra dentro, se me pasaba de un lado al otro, a pesar de mi esfuerzo por mantenerla, sin que me volcara la carretilla.

Y una de las veces que miro al interior de la carretilla, a la piedra que bota, sale el pobre ratón de debajo de ella. Paro, y se queda al sol asustado.

Me doy cuenta de que saltó a la carretilla con la piedra, y esta le debe haber aplastado en algún vaivén. Intento cogerle por el rabo, para echarle fuera, pero hace un gesto como de ir a morderme, y se escapa otra vez debajo de su piedra.

  Él a lo suyo, y yo a lo mío.

Sigo, procurando botar menos, y ya a pocos pasos de la furgo, vuelve a salir, respirando raro, y se queda al sol haciendo gestos como de morir, le cojo con los dedos y le echo en la hierba.

Subo la piedra a la furgo, y luego la carretilla. Recojo. Cinco minutos.

Me acerco a verle y ya están los ojos apagados.

¡Qué rápido se marcha el alma de los animales salvajes!

Aún encontré una piedra de cuarzo blanco bien bonita que llevé al pie de un Gingo para darle humedad. Y llevé las demás a la ladera de la encina.

Y dos días después, me sigo preguntando si yo soy como el ratón y me empeño en pegarme a las cosas que considero mías por más que aplasten mi vida.

Supongo que él estaría muy orgulloso de su trabajo de los pasillos, debajo de la piedra, al pie de un enebro .., como lo estoy yo de mis árboles plantados a los que cuido y dedico tantas horas ..

Que su piedra era su perfección como ratón, y con ella ha muerto. Quizás esté bien. Y no tenía otra forma mejor de morir que esta.

Y mi forma de ser humano, es sin duda, lo que estoy haciendo, y en lo que voy a morir.

Porque morir, tampoco es nada más que otra de las cosas que hay que hacer alguno de los días, entre las cosas que hacemos todos los días, como soportar un viento fuerte, o un poco de alergia y mocos.

Le dejé sobre la hierba verde. A pleno sol, con lo que tardarían poco en verle alguno de los halcones, o de los alcaudones que recorren esos prados y laderas.

No sé qué tiene la muerte que, a veces, te persigue.

                                      Ángel Luis Cancela

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